CAUSA Y EFECTO.

Las casualidades existen.

Estoy frente a una, sin medir distancias desde aquel ‘beso en el cuello’ que me incitó a romper todos los kilómetros con un ‘P.D: Hola’. A partir de ahí, su cuello es mi punto débil, mi forma sutil de dar las gracias, caminando con los labios, por esa huella convertida en mi tótem, en mi vía de escape, en mi suerte.

 

Necesito oír su risa como quien necesita una dosis de morfina para relajar el sistema nervioso.

 

Le quiero,

del verbo ‘mantener’,

no del ‘poseer’.

 

Y le quiero conmigo,

como una promesa de meñiques,

no de palabras.

 

(somos) ARTE.

Llamémoslo arte;

de la medianoche un baile a ciegas de incontables ciudades que pretenden pisarnos los pies, mientras el mundo duerme, mientras luchamos, a contracorriente, para no quedarnos dormidos.

 

Llamémoslo arte;

reducir los kilómetros a la longitud de una media sonrisa colgada de un par de hoyuelos.

 

Llamémoslo arte;

lirios naciendo de la mugre, de guerras abolidas por chinchetas atrincheradas en la boca del estómago, recorriendo todo el esófago hasta llegar a vomitar mariposas de oreja a oreja.

 

Llamémoslo arte;

historias pintadas con los dedos, jugar con el reloj quitándole las pilas, con el tiempo entre las manos y mis nudillos dentro de tus bolsillos en inviernos que gritan primaveras a los cuatro vientos.

Llamémoslo arte;

arte y no amor.

 

LOADING… 2017.

No hago balance de este año, hago balance sobre todo lo que he ido viviendo hasta ahora.
El 26 de junio, cuando cogí ese avión no me estaba despidiendo de los míos, ni de mi casa, sino de todas las etapas aglomeradas en mi cabeza y no cerradas por completo. Desde ese momento he aprendido muchas cosas y eso es lo que me llevo de este año.
He aprendido a mantener a los que realmente me rodean, a diario, a conocerlos, a dejarme conocer del todo.
A ser fuerte hasta cuando siento que quiero tirar la toalla. A no tirarla, porque sin sacrificio no hay beneficio.
A abrir más la mente.
A tender la mano, el hombro, la sonrisa, las gracias. A tener detalles que ensanchan el alma, tanto la mía como la del receptor.
A pelear por llegar a donde quiero estar, paso a paso, sin correr, porque las prisas no son buenas.
Que tener el bolsillo lleno no es lo que me hace feliz, sino poder emplearlo en lo que quiero a nivel profesional y a cultivarme aún más.

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Este año he aprendido a ser más persona, a ser más yo, a reír hasta que duela la mandíbula, a llorar de vez en cuando para coger oxígeno y seguir riendo con más fuerza.

ESLABÓN A ESLABÓN.

No abras mucho los cajones, no te hace falta mirar hacia atrás para saber hasta qué punto del camino has llegado. Empezar etapas es volver a aprender a andar y nadie dijo que los primeros pasos fueran fáciles. Pero aquí estás. No despidiendo el año, sino despidiéndote de una etapa de tu vida que te toca guardar con todas las demás. Ya la rememorarás entre risas y cervezas con los que te esperan con los brazos abiertos después de ésta.

Has conocido personas a las que estás aprendiendo a conocer, otras a las que prefieres no conocer. Has reído hasta llegar a tener agujetas en la cara y el rímel corrido de sonreír con los ojos. Has llorado lágrimas cargadas de emociones tan directas del corazón que han dolido y han alentado al mismo tiempo. Habrá días que volverás a llorar. Aun así, no olvides que eres fuerte, lo eres. Tú y yo sabemos que no es fácil anteponer la cabeza a los sentimientos, y aquí sigues, con una sonrisa diaria que mide lo mismo que de aquí a casa.

Lo bonito de alejarse por completo del mundo y acercarse más a uno mismo pocos tienen el privilegio de vivirlo.

Aprender que viajar realmente es ensanchar el alma.

Aprender a que no basta con soñar solamente, que hay que dar un paso tras otro para darle vida a lo que te la da a ti. Aprender que los sacrificios son necesarios para saber hasta dónde puedes llegar por lo que te hará feliz después de ellos.

Porque, como bien dice en la canción de abajo: ‘De según cómo se mire, todo depende’

CONSECUENCIAS DE SER TROTAMUNDOS.

Estoy intentando encontrarme del todo, estar totalmente en armonía conmigo siendo tan libre como ahora. Porque esta sensación de libertad nunca la había experimentado a lo largo de mis casi veintitrés años, y he de decir que es jodidamente adictiva e inconmensurable.

Esas ganas de comerse el mundo, de saber que lo vas haciendo paso a paso hasta conseguir llegar, no muy alto, ni muy lejos, sólo al punto donde te sientes vivo al cien por cien.

 

Como dice en un mensaje de una de mis películas favoritas:

“I’ve decided I’m going to live this life for some time to come.

This freedom and simple beauty is just too good to pass up.”

 

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-INTO THE WILD-

EN VENA. SIN SALVAVIDAS.

Con los nervios a flor de piel, los pulmones sobre la mesa.

Siente de más porque no sabe reducir los decibelios que se oyen desde la caja torácica.

Echa de menos, porque si echa de más
se quema.

El vendaval que hace bailar pestañas, no corazones.

Un alma libre que no se amarra a ningún puerto, que no ve ningún muelle que le provoque echar el ancla y pisar tierra.

 

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Más heroína en vena que salvavidas.

MONSTRUOS.

Soy yo. Quizá después de tanto tiempo no me recuerdes… o no quieras hacerlo. Yo a ti sí. Recuerdo con cada fibra lo que nadie ha visto de ti, o mejor dicho, lo que no han vivido contigo. Recuerdo cómo fuiste menguando paulatinamente, cómo algo dentro de ti se iba rompiendo poco a poco hasta el punto de envolverlo en un todo. Cómo no sólo silenciabas las palabras, sino también la sonrisa. Fue duro ver que a medida que aumentaban tus silencios, aumentaban tus gritos de socorro sin tener el valor de gritarlos a viva voz.

Recuerdo tantas cosas de ti… Aquellos nudos en el estómago enredados en hambre, miedo… y en un vacío que a día de hoy perdura a ratos.

Aquel día, joder. El día que vi en tus ojos el inicio de tu hundimiento, ese momento en el que tocaste fondo sin darte cuenta y no saliste hasta mucho tiempo después. Mucho tiempo.

Lo recuerdo todo. Los arrebatos en la calle, huyendo con lo puesto, sin alternativas, sin vías de escape. Pasando la noche en cualquier portal lejano al tuyo. Los arañazos en el folio con la punta del lápiz, los arañazos en la muñeca izquierda, las marcas de esos años en esa muñeca. La falta de oxígeno en los pulmones, de lágrimas en las retinas. De carencias. Pongamos el corazón en la mesa.

Pocos saben lo que es crecer de golpe cuando aún no es edad para ello. Lo que es creer en una persona, en ‘esa’ persona, una y otra, y otra vez. Creer en que te tenderá la mano cuando en realidad te tira al suelo con las dos siempre que el mundo le da la espalda.

He venido de visita. A recordarte aquellos momentos en los que estuve contigo, momentos que sé que muchos de los que te rodean desconocen. Sólo yo estuve cuando no tenías a nadie, cuando te temblaban las piernas al oír la llave en la puerta, cuando te paralizaba el miedo frente a él, cuando dejaste de hablar, de sentir, de ser. Nadie te conoció tocando fondo. Tocando fondo de verdad. Rozando el desequilibrio, la enfermedad mental (emocional, más bien).

He venido a recordarte por encima lo que viviste, lo que fuiste. Con heridas de batallas, muchas batallas internas, y externas.

A recordarte que eres una superviviente,

una pequeña salvavidas.

 

Vive, yo vuelvo al baúl de objetos perdidos.

 

 

Fdo: Tu pasado.

 

EN LA CUERDA FLOJA.

Parece levitar con andares de trapecista.

 

Derecha, izquierda, derecha…

Como si bailara sobre una cornisa de algún séptimo piso, con vistas más cercanas al cielo que al suelo.

 

Con miedo a las alturas, no a caer. A las mariposas, no al despegue.

 

‘Esto es algo que sucede una vez y nunca más’,

esa ley de vida metida en aquella canción de la radio, cantando con su respiración hecha suspiros, hecha anhelos.

 

EFECTO ESPEJO.

Mil (y más) noches he querido (d)escribirte antes de que todos los vocablos se ataran una soga al cuello y el significado del verbo querer optara por cortarse las muñecas con una esquina de mi folio para saber lo que se siente.

Tu precipicio, mi caída libre sin cuerda.  Tus ‘te lo dije’, mis avispas en la nuca. Tu brillo en los ojos, mis cosquillas en el costado.

Tocar el cielo es besarte las pupilas a sonrisas a medias, guardando lo que queda de ellas en el baúl que nos tocó construir dentro, muy dentro. Con salidas de emergencia que abrimos cuando nos pesa el mundo y nos acorralan las ganas de correr, pero no el miedo. El miedo en tus brazos es purpurina que se escurre de las manos, un nudo desterrado de la garganta.

Eres un puñado de libélulas en el estómago que espanta a todas las mariposas que están de paso. El olor a tierra mojada, la arena deslizándose entre los dedos, encuentros en aeropuertos, besos de madrugada en cualquier andén de metro.

Tú, mi caja de Pandora arrinconada en mis lóbulos temporales, mi caja torácica.

Tú, yo.

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TÚ.

La que se rompe las medias durante el camino sin romperse la boca.

La que escala, caza y araña guiada por rugidos retumbando desde esa caja torácica que desconoce el sonido de simples latidos. La que muerde la vida y luego la vive.

La de los pies blindados, la que aún intenta blindarse por dentro. La fiera que juega a ser presa, la que saca las uñas por la yugular de su manada.

La gota que colma el vaso, un huracán en medio de un desierto; revolviéndolo todo en mitad de la nada.

La que guarda una cuantía de desvelos en sus ojeras y en sus comisuras.

La que no sabe crecer. La que no quiere crecer.

La que se escribe. La que intenta no olvidarse.

Tú.

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